Un número uno, un símbolo, el estandarte de la Casa de las Ideas. En todo eso se había convertido Spider-Man durante la etapa Lee-Romita. El trepamuros era sinónimo de Marvel, y como tal, los responsables de la editorial decidieron que se convirtiera también en su mejor embajador. A finales de 1971, debutaba el tercer (contando el breve Spectacular Spider-Man) título protagonizado por Spidey, Marvel Team-Up. Se trataba de una serie de equipo, inspiración directa de la World Finest de DC. Spider-Man compartiría cabecera con su buen amigo la Antorcha Humana. Sin embargo, enseguida dejó de ser así. A la altura del cuarto número (IX 72), la Antorcha cedía su papel a un héroe diferente cada mes. Las historias, centradas en aventuras más o menos entretenidas, se alejaban de los sucesos trascendentales, que seguían ocurriendo en Amazing. Sin embargo, Marvel Team-Up suponía el mejor de los campos de pruebas. Allí se desfogaban nuevos personajes. Nuevos dibujantes. Nuevos guionistas. Allí (desde el MTU 2, V 72) tuvieron su primera toma de contacto Gerry Conway y Spider-Man. El Gran Padre Stan y Roy Thomas, segundo de a bordo, comprendieron enseguida que aquel chico prodigio de 19 años estaba llamado a mayores empresas.
Había venido desde el otro lado del río Hudson. Desde Queens, hogar juvenil de Peter Parker. Con 16 años, la misma edad a la que Peter Parker se había convertido en el Hombre Araña, Gerry Conway había iniciado su carrera de guionista en DC. Con 17 había publicado su primera novela. Con 18, entraba a formar parte de la familia Marvel. Gerry podía comprender mejor que nadie a un Peter Parker que abandonaba sus años de inocencia para encaminarse con paso decidido hacia la madurez. Stan Lee se equivocó de plano, si pensó en un primer momento que el arácnido quedaría en manos de un John Romita metido de lleno en la cocina mientras que Conway se dedicaría a poco más que dialogar sus aventuras. Craso error, ya que Conway tuvo enseguida claro qué hacer. Una espectacular guerra de bandas con el Doctor Octopus y el recién llegado Cabeza de Martillo (¡Edward G. Robinson con una placa de acero en la cabeza! Romita es grande, sin duda) sirvió para soltar al joven Conway en el manejo del trepamuros. La saga tiene momentos únicos, con la máscara de Spidey en manos de Jameson, Peter afectado de úlcera duodenal o la tía May en alegre amancebamiento con el Doctor Octopus y derribando a su propio sobrino (AS 112 a 115, IX a XII 72). La reedición en los números posteriores de los dos únicos ejemplares publicados de Spectacular Spider-Man (AS 116 a 118, I a III 73, y AS Annual 9, respectivamente) y un breve encuentro con Hulk (AS 119 y 120, IV y V 73) sirven de preámbulo para el acontecimiento que marcó a una generación de lectores y sirvió para cerrar la Silver Age: la muerte de Gwen Stacy (AS 121 y 122, VI y VII 73).
Cuenta la leyenda que el gran instigador fue John Romita. Al dibujante siempre le había caído mucho mejor Mary Jane Watson, la
pelandusca de la serie en oposición a la niña buena y relamida que era Gwen. El caso es que Peter se había decidido por la rubia como aburrida y angelical pareja estable, lo que estaba dando al traste con gran parte del interés de la serie –Parker soltero y libre en la vida, con múltiples opciones en el horizonte y ninguna opción clara en último término-. Los fans poco dados a la mitomanía tal vez recuerden, con escalofrío extremo, el AS 99 (VIII 71), en el que la sufrida Gwendolyne esperaba pacientemente a Peter mientras éste se zurraba con los malos. Cuando por fin llegaba, el muy pendón, no podía sacarla a cenar porque, como de costumbre, estaba sin blanca. ¿Solución? Cenita casera y lo que viniera después. El empalago del noviazgo arácnido empezaba a alcanzar y superar cotas poco tolerables. Sumemos a ello otro gran problema que afectaba sin remisión a la serie: la cada vez más acusada falta de separación entre la vida civil de Peter Parker y la superheroica de Spider-Man, ejemplificada en la figura del Duende Verde. Por muy impresionante que hubiera resultado la aventura en la que se descubría su identidad secreta y con la que Romita se estrenaba en la colección allá por 1966, cada vez quedaba más claro que Ditko tenía más razón que un santo cuando clamaba (en el desierto, claro) por la falta de sentido de semejante situación.
Cada vuelta del Duende Verde, ya sea en la Saga de las drogas o en Spectacular Spider-Man había seguido el mismo esquema de aquella gran revelación: Osborn recupera la memoria, el Duende pelea contra Spider-Man, Osborn vuelve a quedarse amnésico... hasta la próxima vez, claro. Pues dos por el precio de una, vino a decir Romita. Nos quitamos de en medio a la rubia y al malo. “Oh, qué estupidez, nadie mataría a Lois Lane, esas cosas no pasan”. Pero aquello era Marvel, amiguito. La Marvel que conservaba intacta el sentido de la maravilla y donde un muerto era un muerto ahora y cuarenta números después. Romita y Thomas, éste en calidad de editor, planearon el asesinato, Conway y Gil Kane lo ejecutaron sobre el papel y Stan Lee se lavó las manos, que para eso estaba de viaje. Luego, todos se sintieron muy culpables, máxime cuando empezaron a llegar amenazas de muerte por parte de los lectores de la serie, que, como siempre ocurre en estos casos, son capaces de desear una cosa y la contraria con idéntico entusiasmo freaky.
La historia en sí misma es un auténtico prodigio de narrativa. Nada de lo que pasa en las primeras páginas del AS 121 hace pensar
en un desenlace fatal, de no ser por las planchas finales en las que ocurre el suceso funesto. De hecho, la historia comienza por los mismos derroteros que los anteriores encuentros con el Duende Verde: Osborn recupera la memoria, se prepara la batalla, patatín, patatán. En esta ocasión, el villano secuestra a la chica del héroe, pero la novedad tampoco es para tirar cohetes. “Ahora llega y la rescata”, decimos todos. Porque todos llevábamos toda la vida leyendo tebeos, y eso es lo que ocurre en los tebeos. Y va el Duende y la arroja por el puente de Brooklyn (que es el que dibujó Kane, por mucho que Conway se refiriera en el guión al George Washington). “No está muerta, qué va a estar muerta. Las novias nunca mueren”. Pero habíamos llegado al final del tebeo, a la mitad si lo que leías, como un servidor, era la edición de Vértice, y ella seguía muerta. Y veinticinco años después ella sigue muerta: porque lo de la reciente resurrección de Norman Osborn no tiene perdón. El villano acabó empalado (EMPALADO) por su propio deslizador. Más muerto que la carrera de Ridley Scott, vamos. Y era de justicia, porque otra cosa hubiera puesto en serio peligro la estabilidad psicológica del personaje, bastante trastocada por otra parte después de haber sido incapaz de salvar a su chica de las garras de su peor enemigo.
La respuesta de los lectores fue unánime. Las amenazas contra la salud física de Conway llegaron por docenas, y la historia quedó para siempre como un punto de inflexión en la trayectoria vital del héroe, de los cómics en general y de Marvel en particular. No por nada fue el momento elegido por Kurt Busiek para dar carpetazo a sus Marvels. En todo caso, lo que vino después fue un Peter Parker adulto, descreído e incluso cínico. (Había dejado atrás una bonita vida rosa en compañía de su Gwendy). Mary Jane se convirtió en la nueva novia más o menos estable al tiempo que el idílico piso de estudiante que compartiera con Harry durante toda la etapa Lee/Romita era sabiamente sustituido por un apartamentucho de Chelsea que acabaría por resultar entrañable. No era para menos: ubicado en un edificio ruinoso administrado por la cascarrabias Mammie Muggins y su señor marido (nunca supimos mucho sobre él), disponía de hermosas vistas a la pared del edificio contiguo, humedad en cada uno de sus rincones y una claraboya perfecta para las escapadas arácnidas. Al piso de Chelsea sólo le faltaban cucarachas, ¿cómo no iba a quedarse Peter a vivir en él?
Villanos y personajes recién estrenados fueron moneda común de la primera etapa de Gerry Conway en la colección, todo ello
hábilmente mezclado con viejos argumentos llevados un paso más allá. Fan de las novelas pulp protagonizadas por el El Ejecutor, Conway se sacó su propio Remo Williams. Punisher debutó en el AS 129 (II 74). Para la época supuso todo un revulsivo. Frank Castle no era ni héroe ni villano. Era un tipo mal encarado y algo zote que disparaba primero y preguntaba después. Todavía tendría que ampliar el grado de violencia extrema que alcanzaría en décadas posteriores, pero no resulta difícil imaginar la cara de los alegres lectores del trepamuros acostumbrados a Octopus y otros personajes coloristas cuando apareció este berraco con sus pistolones, su calavera y su mal rollo. ¿He dicho ya que eran otros tiempos?
A sustituir al Duende Verde vino el Chacal. Estrenado en el mismo número que Punisher, el Chacal reproducía el viejo esquema del Duende: un secundario de la serie con unas cuantas razones para odiar al trepamuros, pero cuya verdadera identidad no se averiguaría hasta mucho después. Su presencia no impidió que Conway llegara un buen día con un nuevo Duende Verde, a falta del primero. Esta vez era Harry, tan zumbado como su papá (AS 135 a 137, VIII a X 74). Para entonces, la colección hacía tiempo que había olvidado cualquier intento serio de deslindar las andanzas del trepamuros de sus peripecias privadas. La tía May volvió a ser pretendida por el Doctor Octopus, en espera de heredar una bella isla que, al parecer, había heredado a su vez la buena de May. (A esta familia le pasa de todo, ya ven). Spidey, con una pequeña ayuda del amigo Cabeza de Martillo, salvaba el día, claro, pero la portada en la que Otto y May están a puntito de consumar el santo matrimonio (AS 131, IV 74) merecería la condición de póster en este especial. Lejos de cualquier miedo al ridículo, Conway también incorporó un funcional biplaza conocido como Spider-móvil que habría de utilizar nuestro arácnido en su guerra contra el crimen (AS 130, III 74). Ningún juguetero de la época debió ver grandes posibilidades mercadotécnicas en el bugy, que no tardó en desaparecer de la colección, no sin antes ofrecernos un buen número de escenas chuscas.
Los villanos de la época tampoco se quedan lejos, y a los ya mencionados hay que añadir al Canguro (AS 126, XI 73), Tarántula (AS 134, VII 74) el Gusano de la Mente (AS 138, XI 74) o Grizzly (AS 139 y 140, XII 74 y I 75). Todo ello perdonable, si tenemos en cuenta la inmensa frescura de las historias de Conway y los dibujos de Ross Andru, quien extendería su labor desde el AS 125 (X 73) hasta el AS 184 (IX 78). Veterano autor procedente de DC, sufriría durante toda su larga etapa la humillación permanente que suponía la comparación con John Romita. Quienes se empeñaban en hacerla olvidaban la inmensa capacidad narrativa del que ha quedado para la historia como uno de los dibujantes clave de la época clásica del trepamuros. Al igual que Conway, Andru había pasado por Marvel Team-Up. De su trabajo conjunto en Spider-Man vale la pena destacar dos momentos que todavía ponen la carne de gallina. El primero es el espectacular encuentro con Superman, sin duda el mejor de todos los cruces Marvel-DC habidos y por haber. El segundo es la celebérrima saga del Clon.
Dicen que Stan Lee se empeñó en ello. Ante las reiteradas peticiones de que Gwen Stacy
regresara de entre los muertos, el hombre orquesta de Marvel acabó por plegándose a los deseos de los fans. El encargado del trabajo sucio fue una vez más Conway, quien esta vez escogió volver locos a sus lectores y de paso evitar el que hubiera sido sin género de dudas un enorme error. La adorable Gwen regresó, con honores de portada, en el AS 144 (V 1975), pero no era exactamente Gwen, porque ella seguía muerta. Era un clon, concepto de lo más cotidiano hoy día, pero verdaderamente extraño en esa época. La vida de Peter Parker volvió a estar patas arriba, por no hablar de su relación con Mary Jane. Detrás de todo, por supuesto, estaba el cruel villano de turno, en este caso el Chacal.
Siguiendo el síndrome Norman Osborn, el Chacal era Miles Warren, antiguo profesor de facultad en los primeros tiempos de gloria de Romita. Superada aquella etapa, Warren se destapaba como un viejo verde enamorado de la rubia que, no conforme con fabricarse mediante técnicas de clonación su propia Gwendy, tuvo también que hacer un doble del lanzarredes. Conway prefirió dejar esta última sorpresa para el momento final de la saga, un enfrentamiento entre los dos Spider-Man con el que el guionista se despediría por una buena temporada del personaje. No quedaba nada claro que el que sobrevivía fuera el auténtico Peter Parker. De hecho, los dos últimos números de la aventura (AS 148 y 149, IX y X 75) merecen un análisis detallado para notar lo bien construida que está la trama, hasta el punto de que el Chacal consiga también engañar al lector acerca de la identidad del héroe. Poco importaba en ese momento quién fuera quién, ya que uno de los dos Hombres Araña moriría en las páginas finales. Con él caía también el Chacal y los deseos involucionistas de gran parte del fandom. Gracias a Conway, Spider-Man había madurado definitivamente. El doble de Gwen se perdía en el horizonte mientras los ojos de Peter y de los lectores eran incapaces de contener las lágrimas. El pasado quedaba para la memoria nostálgica. La saga del Clon era el broche de oro a una colección grandiosa de principio a fin. Pero el espectáculo debía de seguir, porque, para entonces, Spider-Man ya era la más eficaz máquina de hacer dinero que Marvel pudiera desear.

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