viernes, 8 de diciembre de 2006


Los años dorados IV.
El dinero lo cambia todo.

Amazing Spider-Man, Marvel Team-Up, los especiales trimestrales titulados Giant-Size Spider-Man, apariciones especiales siempre que la ocasión lo permitiera... Y ahora llegaba la tercera serie regular, Peter Parker, The Spectacular Spider-Man, dedicada a narrar las aventuras estudiantiles del trepamuros, pero que al fin y al cabo resultaba indistinguible de la serie madre, de no ser porque seguía siendo en ésta donde, supuestamente, se narraban los grandes acontecimientos de su vida. ¿O no? Porque la fama tenía un precio, y, ahora que el circulito con el rostro arácnido servía como perfecto elemento iconográfico de Marvel, ya no resultaba tan sencillo hacerle perrerías al personaje. Lo fácil, lo realmente fácil, era volver sobre lo de siempre.

Tras un episodio en el que Archie Goodwin aclaraba de manera poética pero escasamente convincente que el clon había muerto y el verdadero Peter era quien había sobrevivido (AS 150, XI 75), el veterano Len Wein se hacía cargo de la serie. Wein carecía del toque inconfundible de un Stan Lee o del carisma sin igual de un Gerry Conway. Se hizo con los guiones de la serie porque acababa de ser nombrado director editorial de Marvel, y el que los directores de entonces fueran también los guionistas de las colección principales se había convertido en una tradición arraigada. La había iniciado el mismo Stan Lee, acatado Roy Thomas y, tras Wein, la habían continuado Marv Wolfman y Denny O’Neil.

El trabajo de Len Wein en Spider-Man fue, antes que nada, funcional: aventuras entretenidas a la par que reiterativas sobre lo ya visto. Se agradece, en todo caso, la legibilidad del producto y el afán de Wein por cerrar líneas argumentales: en el AS 156 (V 76) casó por fin a Betty Brant, la primera novia de Peter, con Ned Leeds, su chico de toda la vida. Puestos en plan romántico, Wein incluso buscó novia para el cascarrabias de Jonah: la doctora Marla Madison, allá por el AS 162 (XI 76). En los AS 157 a 159 (VI a VII 76) puso fin al culebrón Octopus-Cabeza de Martillo-tía May con la resurrección más pillada por los pelos de la historia del cómic (¿un fantasma radiactivo de Cabeza de Martillo? ¡por favor!). Wein incluso se molestó en traer de vuelta al Spider-Móvil, aunque sólo fuera con el propósito de mandarlo al desguace para siempre (AS 160, IX 76). En esta época tampoco faltaron los nuevos villanos, aunque ninguno de ellos fuera demasiado glorioso: Espejismo en el AS 156 (V 76); la Mosca Humana en el Annual 10 (1976); Will O’ The Wisp en el AS 167, (IV 77); el Corredor Cohete en el AS 172 (IX 77)... todo ello unido al enésimo retorno de Kingpin o del Conmocionador.

¿Qué hace todo guionista de Spider-Man cuando se le acaban los malos de toda la vida y ya no es capaz de crear nuevos? Traer de vuelta al Duende Verde, claro. No era ni Norman resucitado ni Harry, por mucho que el pillín de Wein nos hiciera pensar que el jovencito Osborn volvía por sus fueros: era su psiquiatra, y aunque la aventura daba una terrible sensación de ya vista, por lo menos se leía de manera agradable (AS 176 a 180, I a V 78) y suponía un más que digno broche final para su autor. De los años que permaneció en la serie poco más hay que añadir: Wein no hizo nada relevante, pero tampoco molestó demasiado, algo que no se puede afirmar de guionistas actuales, como Terry Kavanagh o Howard Mackie. El periplo de éstos por la strip eleva a categoría de sublime la etapa de Wein.

Sin hacer apenas ruido, Wein cedió los trastos de director editorial y los guiones de (entre otras series) Spider-Man a Marv Wolfman. A diferencia de su antecesor, Wolfman llegó con ganas de aprovechar su doble condición de editor/guionista para cambiar las cosas en la colección de una manera que, en la recta final de los tranquilos setenta, se antojaba poco menos que revolucionaria. Sus planes pasaban por matar a tía May, volver loco a Jameson hasta el punto de que cometiera un asesinato, dar el pasaporte a Mary Jane, volver a liar a Betty con Peter e incluso que abandonara su trabajo en el Daily Bugle para ser fichado por el Globe, máximo competidor del periódico dirigido por Jonah. El nuevo tiempo requería también nueva sangre en el aspecto gráfico. Después de cinco años en la colección puntera de Marvel, Ross Andru fue relevado por el más impactante Keith Pollard, con lo que se perdía para siempre un rasgo distintivo de la época clásica del trepamuros. En su despedida, Andru dibujó una aventura que era casi un símbolo: la ceremonia de graduación universitaria de Peter Parker, ocurrida en el AS 185 (X 78). En realidad, Peter vestía toga y birrete, pero no pudo recibir el título junto a sus compañeros de la Universidad Empire State. ¡Había suspendido las matemáticas! (Para los interesados, el aprobado caería varios meses después, en el AS 192, V 79).

Con un aire muy a lo Ditko, Keith Pollard debutó en el AS 186, el primero de una compleja saga que culminaría con el número doscientos de la serie. Mes a mes, Wolfman fue ejecutando sus ideas con frialdad absoluta. Los lectores contemplaron anonadados como Jameson perdía la chaveta y cedía su puesto a Robertson, Betty abandonaba a Ned nada más volver de la luna de miel, Spidey perdía sus poderes y la tía May enfermaba, empeoraba y... ¡moría! La portada del AS 196 (IX 79) conseguía un grado de importancia tal que rivalizaba con la del número de la muerte de Gwen: Peter ante la tumba de su adorada tía. Por supuesto, todo era un embuste del villano que tocase, en este caso Mysterio, pero el dramatismo conseguido por Wolfman y Pollard conseguía que el lector, a la vista de todo lo que estaba ocurriendo, creyera la muerte de la vieja a pies juntillas. Sobre todo teniendo en cuenta el retorno de un personaje del que no se había vuelto a saber nada desde el Amazing Fantasy 15: ¡el asesino del tío Ben! Forzando por enésima vez la credibilidad de la serie, ahora se descubría que el asesino había acudido a la casa de los Parker a la búsqueda de un antiguo tesoro escondido en el sótano. Con él se enfrentaba Peter, desposeído de sus habilidades arácnidas, en el magnífico AS 200 (I 80). El asesino caía, finalmente, víctima de un infarto, al descubrirle Spider-Man su verdadera identidad. La tía May volvía vivita y coleando y nuestro chico se perdía en el horizonte más feliz que unas pascuas, tras haber recuperado, de propina, sus poderes.

Comenzaba la segunda parte de la etapa de Wolfman, en la que pretendía llevar hasta el límite la locura de Jameson. Nunca lo haría, ya que abandonó repentinamente la serie cuatro meses después, teniendo que arreglar el desaguisado un tal Roger Stern que se dedicaba a contestar las cartas de los lectores. El encargado de sustituir de manera definitiva a Wolfman fue, sin embargo, Denny O’Neil. Tampoco se puede decir mucho de su paso por Amazing, salvo que puede calificarse de coitus interruptus de la revolución planteada por su antecesor: en pocos meses, Jonah volvía a dirigir con mano de hierro el Bugle y contrataba de nuevo a Peter. Nada nuevo bajo el sol, salvo por la llegada de un dibujante con nombre sospechosamente familiar: John Romita... hijo.

Junior había visto toda su vida a papá amanecer dormido en el tablero de dibujo, malviviendo con el sueldo de dibujante. También había visto el asombroso arte de su viejo, capaz de dejarle con la boca abierta. “Papá, de mayor quiero ser artista”, dijo. Pues vente un día al bullpen. Junior se hace la ruta completa, como cualquier otro. Su toma de contacto con Spider-Man la lleva a cabo en la historia de complemento de un Annual, el 11 (1977). Tras dos números de relleno, le nombran dibujante regular de la serie, de la que pasa a encargarse a partir del AS 210. Se acercaba una nueva era dorada para el trepamuros, pero todavía tendría que pasar un año largo en el que O’Neil dejaba paso a varios guionistas ocasionales. En la hermana Peter Parker, the Spectacular Spider-Man, despuntaba ya el autor destinado a devolver toda su fuerza al héroe. Aquel tal Roger Stern.